Pues sería mejor prestar oídos a los mitos sobre los dioses
que caer esclavos de la Fatalidad de los físicos.
Epicuro.
Tu armazón biográfico esconde mil secretos
de los que me alimentaría para saciar mi hambre:
para empezar tu fecha de nacimiento
el rostro idéntico para una vida entera
las caricias de la madre que te ha tocado.
Luego la precisa coordenada espacio-tiempo
que te contenga bien delimitada
entre tu olvido y mi memoria.
Y todos los sucesos que te forjen exteriormente
documentos públicos en que yo pudiera bucear
(tu primera palabra y tu primera regla
el divorcio de tus padres, el funeral de tu mejor amiga
el nacimiento de tu hijo
que no será el mío).
También los que no tengan razón de estar ahí
por simple juego de contradicciones electivas
(mi muerte trágica en cualquier guerra
tu agonía de peste, cáncer o tuberculosis).
Y sobre todo esos entrañables y morbosos interrogantes
que interesarían a cualquier amante real
(el pensamiento inconfesable que te empujó a escribir
el sabor de tu saliva
tu última mentira, tu postrera duda
el primer hombre con quien hiciste el amor
que tampoco fui yo).
Aunque sólo la metafísica de tu cuerpo
me dejaría verte en un cometa o un microscopio:
los huesos frágiles fundiéndose con la tierra
la piel ajada renaciendo en un nuevo ser
los ojos voladores que estén donde estén
seguirán alimentando vanas esperanzas
las evoluciones inmemoriales de tu sonrisa
el austero destino de tus entrañas
y los intrincados caminos de las reencarnaciones
por donde se desintegre tu alma.
Pero únicamente el secreto de tu genética fantástica:
desenterrar de tu código más íntimo
una gotita de ácido desoxirribonucleico
diseñar en tres dimensiones
las 50.000 posibilidades de tu primera molécula
descubrir en qué porción de cromosoma 21
se esconde tu enfermedad bipolar
(ya no el hecho de colocar las cartas boca arriba
o de profetizar el orden o el final de la jugada
sino de dilucidar la fórmula que organiza tu baraja)
apagaría mi sed
definitivamente.
Apologías de las sombras (2016)