Reseña de Libros
La Barcelona y la Galicia de Isabel García Díaz.
Entrar a las páginas de Barcelona-Galicia es deslizarse por sus memorias de nostalgia y existir en y con cada una de sus descripciones reflexivas. Porque no es la simple exposición de un tiempo ido, ni la narración anecdótica de recuerdos con valor solo personal. Más bien estamos ante una bitácora de la existencia que es como el espejo en el que cada uno puede contemplar su rostro y mirar su propia vida.
Destaca por su honestidad, transparencia y genuina observación, a partir de principios vitales que guían la experiencia de la autora. Valga de ejemplo su adscripción a la verdad —rechazando la mentira en la que se basa la hipocresía— cuando la niña, ante la imposibilidad de contestarle a su tutora educacional lo que ella espera se alegra porque «Aquel lunes me puse enferma y por suerte no tuve que mentir» (24, La misa dominical).
También es testimonio de lo que desaparece, porque vivimos en un tiempo en el que el ambiente cotidiano íntimo del barrio está en constante trasmutación, por lo que la fuerza de la costumbre se debilita, el espacio de comodidad es removido y solo queda la alternativa de reacomodarse, de adaptarse, como única forma de sobrevivencia. «La tecnología es vertiginosa» —apunta la autora— y aunque no reniega de ella comprueba que por su influjo se va difuminando la mercería, la lechería, el vendedor de libros que iba a casa como un librero a domicilio, la máquina de escribir, las fotografías impresas, las cartas y postales, entre otras muchas cosas que han dejado de estar en el día a día.
Como consigna el título, está dividido en dos partes. Barcelona, reúne los apuntes que van desde la hija y niña hasta la abuela, pasando por la madre y la maestra. Galicia, por otro lado, es la raíz, la tierra de los ancestros que emprenden la partida a Cuba o a Barcelona y que, gracias a la pertinaz memoria, ata a quien ha migrado a su irreemplazable origen, dando nacimiento a esa morriña que es sentimiento de pertenencia y, a la vez, de agradecimiento.
Esta obra de García Díaz es eso, un testimonio de agradecimiento a la vida y a quienes la han hecho posible de generación en generación y, también, a quienes han contribuido a que tenga los colores, los sonidos, las formas y los olores que la caracterizan. Un agradecimiento a quienes son como los coautores de la creación de esa obra que es uno mismo.
Por ello, en estas páginas no hay un solo reproche y su expresión se circunscribe a transmitir esa herencia gracias a la cual lo vivido ha sido como ha sido: una seguidilla de bendiciones, no obstante, los contratiempos o los acontecimientos, a veces, inexplicables.
Son —en palabras de la autora— «relatos breves» escritos como acuarelas cercanas al espíritu con que Rumi hizo las suyas, pero más sutiles en la ironía con la que cierra cada una de las piezas, porque nacen de la contemplación serena y aguda que no quiere explicar, sino exponer. El libro es una exposición de cuadros esenciales de una existencia que se reconoce —desde la infancia hasta la plena madurez— ensimismada en cada una de sus vivencias, amalgamando ese enmimismamiento —como diría don Miguel de Unamuno— hasta dar forma al ser que contempla y ahora escribe.
Está escrito en primera persona, aunque, a veces (las menos), recurre a la tercera para acometer alguna historia que deriva a impersonal, pero donde la intimidad se mantiene porque la nostalgia impregna cada frase, cada palabra, cada espacio, por más que García Díaz se empeñe en presentarla de manera distante y objetiva. El lenguaje transcurre como el agua de un riachuelo que canta entre los guijarros hasta depositar en el alma lectora los pétalos de flores frescas o de flores marchitas, símbolo de la templanza y de lo efímera que es la vida: «Uno se levanta como una flor y a lo largo del día se va marchitando poquito a poco» (83, Observaciones).
La muerte adquiere diversos significados según sus matices: carácter de «desgracia» ante la partida de los progenitores (43, Tristeza; 45, Agosto); de aceptación y hasta de alivio en el caso de la niña que «había nacido mal», en tiempos en que esta circunstancia la condenaba a vivir encerrada, escondida (121, La pulpería); de «atrocidad» ante el sacrificio del perro viejo y enfermo, aunque se considerara que esa era la costumbre (123, Patín); de tristeza y melancolía ante la ida del abuelo (136, La despedida); pero de anecdótica morriña cuando «la alegría del sur» que representaba Pepe «el sevillano» fallece en un accidente de coche (40, El sur).
Incluso ese tiempo de verano que contenía la alegría de visitar a la familia en Galicia, ante la muerte de la madre, García Díaz que hasta entonces había escrito «Aquellos veranos en la casa de mis abuelos, eran el premio ansiado durante el resto del año. Galicia era como un continente, la tierra prometida.» (93, La tierra prometida), ahora trasmuta esa idea y finaliza con una cita de Manuel Vicent: «Agosto siempre había sido el mejor mes del año y de repente dejó de serlo. Como si de un conjuro se tratara, todas las desgracias se sucedieron en ese mes funesto. Y es que morir en agosto es como morir dos veces» (45, Agosto).
Esta nostalgia sobrevive en el amor: «En días como hoy cuesta levantarse de la cama porque uno sabe que nadie le espera. ¿Si hoy muriera, cuántos días transcurrirían hasta que descubrieran mi ausencia?» (70, La batalla). Esta preocupación es corroborada con «Ninguna estación me consuela porque ya no estás tú» (49, Otoño) porque «Esa es la gran tragedia: no sentir nada.» (71, La espera). Declaración que refrenda con el único texto escrito en verso: «Ven, acércate. / No quiero distancia, / no hay tiempo. / Solo deseo tu compañía, / tu alma en la mía.» (52, Poema).
Barcelona-Galicia, de Isabel García Díaz es una obra impregnada de poesía donde el ojo que ve trasciende aquello que ve desvelando el supra significado de esa realidad que ausculta: «Levantó la mirada del libro y se quedó ensimismado mientras observaba las cuerdas del tendedero desde su butaca. Las gotas minúsculas, ordenadas como un ejército, pendían de cada cuerda, una junto a la otra. Le recordaban la línea de su vida, llena de momentos que durante un tiempo también habían permanecido en equilibrio hasta que cayeron y desaparecieron como las gotas de lluvia.» (51, Gotas de lluvia).
Isabel García Díaz (Barcelona, 1958). Es Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona y Profesora de Literatura y Lengua Castellana. Es autora de Cuadernos de soledades (2023). Colabora con importantes revistas de literatura.
Acerca del autor:
José-Christian Páez, Santiago de Chile, 1962. Poeta, narrador y periodista.
