La pequeña muerte
nos arrojó violentamente
contra las puertas del cielo.
Y allí estuvimos,
disfrutándolo todo,
aunque con los ojos cerrados.
Nuestros cuerpos, envueltos
en desmedida dulzura,
se volvieron una antorcha encendida,
convirtiendo ese instante
en el manjar de los manjares,
fundidos como estábamos.
Jamás morir fue tan complaciente
y tan deseado
como morir abrazados
y saciados.