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Revista de Poesía y Arte ISSN 2735-7627, Año 6. Nº12, febrero 2026

Ciudad de nadie

«A veces el olvido es un lugar donde descansar.»

Perdí mi nombre en el olvido,
y desde entonces vago por las calles de Santiago,
alimentando a las palomas,
subiendo a micros sin destino,
pasando el frío de los que viven a la intemperie,
masticando el mismo chicle
día a día,
huyendo de aquellos que creen reconocerme,
refugiándome en mi memoria perdida,
pero no por eso menos vivo.

Pido limosnas en las esquinas,
cuido de mi barba crecida,
me hago acompañar de fieles perros,
y no cargo quejas ni sueños,
ni voy de pena en pena.

He aprendido a ser nadie en medio de todos,
a disfrutar de la indiferencia de la gente
que me escucha predicando y dando gloria a Dios por las mañanas,
aplaudiendo la belleza que me mira.

Aunque no recuerdo quién soy,
tengo conciencia de que respiro;
en todo momento siento que estoy vivo.
Y vivo como ninguno sin motivo.

II

«Mi cama: el mundo boca arriba».

habito mi propio planeta.
Creo mi propia atmósfera.
Coludido con el espíritu Santo
Que guía mis pasos.
Mi amnesia es irreversible,
y lo agradezco.
Al perderme
me he ganado a mí mismo.
Creo que ni siquiera me reflejo en los espejos.
Así voy de invisible.
Meo al aire libre,
Duermo en cualquier parte.

III

«El polvo se recoge como una plegaria olvidada.»

Mi cuerpo es un rumor del viento
una insinuación del polvo
que no se aferra a nada
ni siquiera a su nombre.

No tengo más patria
que el instante que me abraza,
más ley que el murmullo
que me dicta la brisa.

IV

«Soy el suspiro entre las bocinas y el semáforo.»

Vivo sin fronteras, sin tiempo,
mi sombra se pierde en la vastedad
como una huella efímera
que el sol borra al caer la tarde.

No soy dueño de mi alma
ni de mi cuerpo;
son viajeros errantes,
navegantes de lo indómito.

La luna me susurra secretos
que nunca recordaré,
y mis ojos se cierran
como un jardín de silencio.

V

«Una vez fui alguien. No lo extraño».

Ahora observo la ciudad
como quien contempla un río ajeno.
Nadie me ve,
pero yo los veo a todos.

Van de prisa,
apenas pisan el suelo que los sostiene.

Yo, sin destino ni horario,
No los envidio
y les compadezco la prisa, la carga.

VI

«No cargo llaves. No tengo puertas».

Esta ciudad es un animal
que nunca duerme,
que se alimenta de ruido,
de tránsito,
de urgencias disfrazadas.

Los veo discutir por nada
y temer al silencio,
como si pudiera devorarlos.

Yo camino por sus bordes,
soy el parpadeo que ignoran,
el reflejo en la vitrina
que no quieren reconocer.

Pero aún así,
permanezco en esta ciudad,
acepto su fiebre,
su caos.

Porque en su rechazo
en su forma de no verme.
me ha dado un hogar.
Y en su ruido,
yo he hallado mi destino.

VII

«Los árboles no juzgan ni preguntan, solo están.»

Me rodeo de árboles
y converso con ellos.
Les cuento de mi historia olvidada.
Les digo que soy huérfano de pasado
Y ellos no dicen nada.
Me escuchan canturrear mientras miro las estrellas.
Somos uno.
Nos cuidamos.
No estoy solo.
Ellos, como yo, no conocen de nombre ni biografía,
viven en medio de la ciudad
creciendo hacia el cielo.
No se pasan rollos de ningún tipo,
y están ahí con sus hojas perennes y raíces profundas.
Acompañándome en este viaje, desnudos.

VIII

«Dios también duerme en las plazas. A veces lo he visto».

Y a veces pienso
que los árboles ven más que los hombres.
Ellos no corren,
no hablan de más,
no esconden sus heridas.

En cambio, la gente
se pasea con los rostros endurecidos,
como si llevaran una armadura bajo la piel.
Se olvidan de respirar,
de mirar al cielo.

Los veo desde mi banco de siempre,
con mi perro dormido a los pies
y las hojas cayendo sobre mis hombros
como bendiciones sin dueño.

Hoy una mujer pasó llorando
con los ojos rotos,
como quien ha perdido el mundo entero
en medio del tránsito.

Nadie la miró.

Pero yo lo hice.
Y el árbol también.
Nos quedamos quietos,
sintiendo con ella.

A veces creo
que el dolor de la ciudad
es tan grande
que se nos cuela por las grietas.

Pero no me duele,
solo me atraviesa,
como el viento.

Yo no tengo casa,
pero tengo sitio.
No tengo nombre,
pero tengo mirada.

Y aunque no me recuerden,
yo los guardo a todos.

IX

«El pan duro sabe distinto cuando se comparte».

No estoy solo.
Hay otros como yo
que no caben en las vitrinas ni en los horarios.

Los veo en las esquinas,
malabaristas de la espera,
niños que juegan con botellas vacías
como si fueran cometas.

Los locos —mis hermanos—
hablan con fantasmas
y ríen con una sabiduría
que el mundo olvidó.

Una vez compartí pan
con un hombre que decía ser un ángel caído.
Tenía los ojos llenos de polvo
y una voz que temblaba como las hojas.

También están las mujeres
que cantan en los pasajes
como si nadie las oyera
y por eso, tal vez,
cantan más hermoso.

Somos muchos los invisibles,
los que no importamos en las noticias,
los que viven sin contar.

Pero entre nosotros,
nos reconocemos.
Nos saludamos con gestos pequeños:
una mirada,
una sonrisa rota,
un “¿todo bien?”
que en realidad significa
“yo también resisto”.

Formamos una tribu de sombras
que no busca redención,
solo calor.

Nos encontramos
en los fuegos improvisados,
en las plazas a medio dormir,
bajo los techos de estrellas.

Y así, entre silencios y migas,
nos sabemos vivos,
hermanos.

X

«El que se aparta del ruido, escucha el susurro de la verdad».

Y así ando por las calles, llevando mi humanidad,
en medio de la gente que no me ve,
sintiendo el viento en la cara,
silbando la melodía de los hombres libres,
encontrado conmigo mismo.
Aunque no tengo nombre ni historia,
con el orgullo de los guerreros que han ganado la batalla,
contento con mi victoria
de ser humano y no zombie,
y no haber perdido mi vida en ganarla.