I
A veces existe, a veces no existe.
Sus manos tocan las cosas,
las cosas resienten su tacto.
Llora, y de pronto sus ojos se tiñen de negro.
Es joven y es vieja.
Es joven y es vieja y hoy día no existe,
pero tal vez exista mañana
en el gemido cubierto de azufre.
Llora, y de pronto cuánta, cuánta tristeza.
Llora por el día y las ramas de fuego.
Cuánta tristeza en sus ojos sensuales, teñidos de negro,
en su espacio desnudo.
Llora también por el tiempo del hombre.
II
Era el cuerpo añorado que se estira feliz, somnoliento.
Era el inmenso placer. Y la extensa conversación de la tarde.
Y aquel verano: los esteros, la última pieza de la casa de adobe.
Su voz cambiaba en la noche; su piel blanca, la hora de su deseo profundo.
Su voz cambiaba… Las fechas escritas a la luz de las velas, a la luz de otro sol.
Las fechas de su paso, de la vida de su cuerpo añorado.
Y cruzaba la calle de veredas angostas, y los carruajes oscilaban, de prisa.
III
Solo los santos podrían tocarla.
Los santos que se dirigen a una muerte violenta,
los santos de certeza absoluta.
Solo ellos podrían cuando existe y pregunta,
cuando respira despacio, cuando necesita un aliento.
Pero ella, que a veces no existe,
sopesa conmovida las noches,
las fiestas que observa desde los nutridos zarzales.
Las fiestas de jóvenes rostros.
*
-Me acercaré a las tumbas de mármol en busca de un nombre.
-No pierdas el día; no hace mucho profanaron huesos benditos.
-Vengo con sed desde mi tiempo.
-Aquí no hay agua que puedas beber; el canal siempre está seco.
Mira los trozos de mármol, las astillas, los huesos.
Y no preguntes por ella.