Se llamaba Evangeline
y lo esperó por años.
Nunca pudo acercarse lo suficiente.
Sus ojos suicidas lo alejaban.
Sus manos eran de plástico,
y su boca llena de espinas
solo despedía mentiras.
Se llamaba Evangeline
y sus alas ardían
en el fuego de los exorcistas.
Sus uñas sangraban
y también sus encías.
Lo esperó por años
y no fue digna de su sombra.
Su vientre podrido
con el espectáculo miserable
de los besos y las caricias
en la Plaza de Armas.
Se llamaba Evangeline
y era obscena,
pues se atrevió
a mirarlo a los ojos,
a preguntarle por sus ojeras
y su calvicie.
Tenía las manos de plástico
y no sabía besar,
y su alma cojeaba.
Le gustaban los agujeros
negros y profundos.
Tiraba piedras en cada noria,
en cada boca,
y el abismo no se molestaba
en responderle.
Ni una palabra escuchaba.
El silencio la maldecía.
Su sabiduría
estaba en la piel.
Vivía en la oscuridad luminosa
del éxito y el capital.
Evangeline compraba
su felicidad.
Creía en los amigos.
Las fechas marcaban sus días,
y creyó poseer un regalo.
Un día él se acercó tímido
y cayó en sus brazos
pero sus manos de plástico se enredaron
y lo vio caer sobre el pavimento.
Lo perdió, ahí,
en una cuneta inmunda,
entre frazadas manchadas
Ella no supo morir a tiempo.
Sus días acabaron eones más tarde.
Lo único que recuerda
es que se llamaba Evangeline
y que lo esperó por años.
De Mal de Poeta, 2025