Lo hilarante en una poesía
tiene que ver con el quiebre total de la misma.
Violar el lenguaje, no permitir reglas.
Poner palabras, lugares, nombres reales,
palabras palurdas.
Desacralizar el poema.
Acercarlo a la mugre,
al rincón que nunca se barre en la casa,
ahí donde persiste
el hongo y el olor a gato,
pero sin llegar nunca
a estropearlo, ni ensuciarlo.
Usar el lenguaje vulgar como un antídoto
contra la vulgaridad.
La poesía resulta así un Ready Made,
una instalación, una revuelta,
un urinario de Duchamp.
De Contrafricciones , 2022