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Revista de Poesía y Arte ISSN 2735-7627, Año 6. Nº12, febrero 2026

Sin Fronteras

I

«Libre de ataduras,
viviendo a mi manera.
Bendecido.»

Yo camino por sus bordes,
soy el parpádeo que ignoran,
el reflejo en la vitrina
que no quieren reconocer.

Pero aún así,
permanezco en esta ciudad,
acepto su fiebre,
su caos.

Porque en su rechazo
en su forma de no verme.

II

me ha dado un hogar.
Y en su ruido,
yo he hallado mi destino.

III

«El polvo se recoge como una plegaría olvidada.»

Mi cuerpo es un rumor del viento
una insinuación del polvo
que no se aferra a nada
ni siquiera a su nombre.

No tengo más patria
que el instante que me abraza,
más ley que el murmullo
que me dicta la brisa.

IV

«Soy el suspiro entre las bocinas y el semáforo.»

Vivo sin fronteras, sin tiempo,
mi sombra se pierde en la vastedad
como una huella efímera
que el sol borra al caer la tarde.

No soy dueño de mi alma
ni de mi cuerpo;
son viajeros errantes,
navegantes de lo indomable.

V

«Una vez fui alguien. No lo extraño».

Ahora observo la ciudad
como quien contempla un río ajeno.
Nadie me ve,
pero yo los veo a todos.

Van de prisa,
apenás pisan el suelo que los sostiene.

Yo, sin destino ni horario,
No los envidio
y les compadezco la prisa, la carga.

VI

«No cargo llaves. No tengo puertas».

Esta ciudad es un animal
que nunca duerme,
que se alimenta de ruido,
de tránsito,
de urgencias disfrazadas.

Los veo discutir por nada
y temer al silencio,
como si pudiera devorarlos.

La luna me susurra secretos
que nunca recordaré,
y mis ojos se cierran
como un jardín de silencio.

VII

«Los árboles no juzgan ni preguntan, solo están».

Me rodeo de árboles
y converso con ellos.
Les cuento de mi historia olvidada.
Les digo que soy huérfano de pasado
Y ellos no dicen nada.

Me escuchan canturear mientras miro las estrellas.
Somos uno.
Nos cuidamos.
No estoy solo.
Ellos, como yo, no crecemos de nombre ni biografía
viven en medio de la ciudad
creciendo hacia el cielo.
No se pasan rollos de ningún tipo,
y están ahí con sus hojas perennes y raíces profundas.
Acompañándome en este viaje, desnudos.

VIII

«Dios también duerme en las plazas. A veces lo he visto».

Y a veces pienso
que los árboles ven más que los hombres.
Ellos no corren,
no hablan de más,
no esconden sus heridas.

En cambio, la gente
se pasea con los rostros endurecidos,
como si llevaran una armadura bajo la piel.
Se olvidan de respirar,
de mirar al cielo.

Los veo desde mi banco de siempre,
con mi perro dormido a los pies
y las hojas cayendo sobre mis hombros
como bendiciones sin dueño.

Hoy una mujer pasó llorando
con los ojos rotos,
como quien ha perdido el mundo entero
en medio del tránsito.

IX

«El pan duro sabe distinto cuando se comparte».

No estoy solo.
Hay otros como yo
que no caben en las vitrinas ni en los horarios.

Los veo en las esquinas,
malapandistas de la espera,
niños que juegan con botellas vacías
como si fueran cometas.

Los locos —mis hermanos—
hablan con fantasmas
y ríen con una sabiduría
que el mundo olvidó.

Una vez compartí pan
con un hombre que decía ser un ángel caído.
Tenía los ojos llenos de polvo
y una voz que temblaba como las hojas.

También están las mujeres
que cantan en los pasajes
como si nadie las oyera
y por eso, tal vez,
cantan más hermoso.

Somos muchos los invisibles,
los que no importamos en las noticias,
los que viven sin contar.

Pero entre nosotros,
nos reconocemos.
Nos saludamos con gestos pequeños:
una mirada,
una sonrisa rota,
un «¿todo bien?»
que en realidad significa
«yo también resisto».

Formaos una rinu de sombras
que no busca redención,
sólo calor.

Nos encontramos
en los fuegos improvisados,
en las plazas a medio dormir,
bajo los techos de estrellas.

Y así, entre silencios y migas,
nos sabemos vivos,
hermanos.

X

«El que se aparta del ruido, escucha el susurro de la verdad».

Y así ando por las calles, llevando mi humanidad,
en medio de la gente que no me ve,
sinttiendo el viento en la cara,
silbando la melodía de los hombres libres,
encontrado conmigo mismo.
Aunque no tengo nombre ni historia,
con el orgullo de los guerreros que han ganado la batalla,
contento con mi victoria
de ser humano y no zombie,
y no haber perdido mi vida en ganarla.

EPÍLOGO

Entonces estas palabras de Ernesto Langer Moreno
son mi testimonio y mi regalo.