Cuando preguntas por las vicisitudes de la vida,
las respuestas me hacen seguir esperando el asombro.
No encuentro el relleno para esta máscara, tu máscara.
Mi condena ha sido permanecer postrado, esperando lo incierto,
aletargado, sin ilusiones, sentado en las rodillas del mundo.
Lo que viene o será no parece ser llama de este presente, sino ceniza atizada.
Si pudiera presentar un teatro frente a tus ojos,
no quedaría día claro ante el aullido del agua y su lucidez; es más,
Todo es fruto de la experiencia con relámpagos,
venas que van sembrando maravillas a cada vuelta de su ira.
Ya pocos latidos visitan los rincones de mi Antártica; sobre ella se construyen
mis huesos verticales y la carne que los envuelve.
mi coraza aloja la conciencia que vino a dar aquí por errante,
que por medio de dos grandes ojos lo ve todo.
Ellos contemplan el paraíso que no existe:
el beso de la mujer que tiembla en todo su verdor.
He dejado atrás la gran luz azul, la fulgurante llama.
Me desprendo, de la placenta que envolvió mi ser
para vestir el traje negro de grotescas orgías.
Llevo cuernos, garras encendidas, para el sustento de mi alma.
Llevo agua salada para saciar mis pútridas heridas.
Llevo piel de escamas para recostarme sobre el infierno.
Las líneas de mi mano ya no son líneas de la mano,
son abismos y crucifixiones cicatrizadas de toda una descendencia.
No existe molécula en mi coraza que diga odio, sin haber amado.
¡Ay, cómo avanzan estos pasos míos hacia el lecho oscuro!
La pureza de la golondrina, cristal roto a la hora del vino violento,
azote de muerte en la madrugada de mi adiós.
¿Por qué estás alma despierta y no dormida?
No le doy ojos a la peste de los huesos que con su despierto hocico de volcán,
se tragaría hasta la más tierna felicidad sin sentir remordimientos.
Voy resplandeciente de fuego, hacia mi camino de dolor que arde y arde.
Tú, siempre tan sombra, tan distante, aquí estoy, tómame;
no prolongues tus ansias, menos mi sentencia, oscuridad divina.
En ésta, mi víspera de la muerte te ruego, Dios tu dolor.
Evoco al origen de los cultos milenarios, las piedras ancestrales,
los mares con lava primigenia y los cielos profundamente rojos,
del dolor que siento y no expreso, las uñas me crecen sucias.
Se ahoga en nota amarga mi llanto junto a la musa que hilvana las seis cuerdas.
Palpita el cielo como desgarrándose de padre y madre.
Del dolor que siento y no expreso,
la única verdad fue haber amado sus piernas de luna.
¡Canto al rey soberano! que enluta el ojo del gallo, al Adán dorado.
Que como guadaña campestre corta mis ríos
que sonríen al abrirse paso por mi corteza.
Sé que el cáliz sobrevive al mártir y la medalla sobra ante tu mirada.
¡oh! Soberano,
toma esta humilde esquina de mi llanto y cierra el círculo con su triángulo.
Oh! Gris Soberano del luto,
¿Qué es el filo de un cruel cuchillo ante la rebanada soberbia
de cortar la noche del día?