Reseña de Libros
Coincidió la lectura del libro de Leal, con la experiencia de leer una pequeña obra que permite comprender la pintura china, el texto de François Cheng: Vacío y plenitud. El lenguaje de la pintura china. (Ed. Grupal, Ciudad autónoma de Buenos Aires, 2022).
Como no creo en las coincidencias, no puedo sino creer que lo que apreciamos como azar son actos del inconsciente, coincidencias significativas que alumbran nuestra comprensión del mundo. Así, al leer los textos de Leal, tuve a la mano una obra que me permitió acercarme a este libro, Riberas, desde aquella dualidad del vacío y la plenitud que se encuentra presente, sin duda, en estos bellísimos poemas.
Riberas es una obra dual, se trata del norte y del sur, de los puentes y de los portales, de lo humano y de la obra de la humanidad, Ribera Norte y Ribera Sur son la plenitud de dos estados, dos franjas territoriales, la geografía interior del poeta, y donde también está presente lo vacío, el hablante presiente la ausencia del río, entidad que une y divide a la vez, espacio y no-espacio, el terreno de lo desconocido, de lo prohibido, de lo terrible.
El río es flecha entre cordillera y mar, hilo café (mil veces rojo) que sostiene la vida del valle, pero que es también lugar de los sin hogar, espacio de muerte y de amor, territorio de lo innominado.
En la parte de Ribera Norte nos encontramos con los portales, con los paseos peatonales, con una mirada fragmentada de la realidad, que observa adoquines, escaleras, vidrios, paredes que ocultan memorias. Dice el hablante:
Se vende
Sitio donde existió
una hermosa casa.
Incluye recuerdos
y fantasmas. (p. 41)
Pero en esta Ribera también hay cuerpo, el hablante sufre de hipocondría, se mira con el terror de enfermar y morir, se observa a sí mismo envejecer, se sitúa, mira su cabeza despoblada, que ve a veces cadavérica, y extiende su mano hacia el pasado remoto, lo intergeneracional, el abuelo, lo chino, el mundo a través de ojos oblicuos y amados.
Síndrome de China
Sus ojos vueltos
hacia el centro
de la tierra.
Sus ronquidos
sentencias del Tao Te King
a la brisa nocturna.
Su mirada
cavando un túnel,
hacia el otro extremo
del planeta. (p.53)
La dialéctica vital de esta obra, similar a la de la música con el silencio, se constituye en su parentesco con la gran pintura china, donde las pinceladas denotan cosas que están a la vez presentes y ausentes, una casa, donde lo que se ve es sólo una pared o una cornisa, donde no es necesario dibujar por completo la casa que se observa, puesto que el resto se encuentra invisible, solo aprehensible a través de la intuición, esto es lo que en definitiva se espera de un poeta, un juego de opuestos, de lo oculto, de lo imaginario, donde las palabras expresan imágenes, donde es esencial el espacio de lo no dicho, lo no dibujado, lo oculto en el vacío.
De la misma forma, en Ribera Sur surge esta dialéctica, pero además la otredad se hace perceptible. El primer poema de esta parte del libro, llama a la descolonización de la mirada sobre Santiago, es la mirada del niño sagrado del Cerro El Plomo que observa la serpiente, otrora azul del Mapocho que se vuelve plata a ojos del niño, y cuyo cuerpo debería descansar en la montaña que le acogió como última morada. Este poema nos sitúa “donde se engendra el río” (p. 95) pero también en un tiempo anterior, antes de Santiago, antes de los puentes, de los portales, de las calles llenas de adoquines, y luego, como si nada, es el mismo hablante el que trae los restos del niño al presente, lo resitúa tras una vitrina climatizada, en la soledad de la muerte, y con ello retorna a Santiago, a la ciudad que le convoca.
Así surge una nueva parte del libro, los puentes, lo que une, que otorga paso, que cruza y recorre la ciudad, que sobrevuela el Mapocho y cuya visión, cual tramas del bambú, nos permiten ver la conexión de las dos Riberas, el vacío bajo ellas, los ecos del río que reclama ser visto.
Ribera Sur, es testigo del estallido social de Octubre, de la ebullición de ira tanto tiempo contenida, el hablante da cuenta de este hecho, de “ojos que ya no podrán leer / la tinta roja que esos lagrimales / verterán en nuevos libros.” (p.100)
La belleza de las imágenes también trae, a veces imprevistamente, la brutalidad de la vida, en un viaje hermoso y significativo, las palabras del hablante resuenan en mi interior como si fuese una nota profunda de un barítono poético, palabras que resuenan y me arrastran hacia la interioridad del hablante, el que vive entre dos mundos, entre dos Riberas, en el río.
La brutalidad de la vida, es representada por el hablante de diversas formas, en diversos tiempos, no se encuentra sólo en el presente, va y viene a través de agujeros de gusano, ciudadano de cierta curvatura temporal que se vierte en los versos, como en “Puente Recamalac” (p. 99) poema que alude a los ojos cegados en la revuelta de Octubre, donde pareciera que el hablante ha dejado crecer en su interior, largamente, las palabras antes de escribirlas, sigue así el consejo de Su Dong Po, el gran maestro de la pintura china, quien deja crecer el bambú dentro de sí antes de atreverse a pintarlo. El hablante, situado entre dos mundos, nos lleva a observar en los poemas la misma ligereza en el trazo de los grandes maestros chinos, y configura a Santiago como un espacio dividido, donde el vacío, lo invisible, es precisamente su río.
Llegamos entonces al punto de unión, la belleza, la historia familiar, el arroz chino, las caminatas por Santiago, el río oculto bajo los puentes, el río, serpiente azul en los ojos del niño sacrificado, el río, testigo de las revueltas y de los amores, el río, ensangrentado y excomulgado tantas veces, finalmente Tánatos y Eros, unidos en un hilo de plata.
Acerca de la autora:
Eleonor Concha, Santiago, Chile, 1972. Poeta, magister en literatura.
