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Revista de Poesía y Arte ISSN 2735-7627, Año 6. Nº12, febrero 2026

Narrativa

Insular

El perro cruza varias veces el puente; lo abriga una suerte de chaleco que en la parte baja dice “adóptame”. Es poco probable que alguien responda a esa petición, porque en esta isla nadie rescata perros de la calle. Los vecinos tienen varios, pero compran de raza y solo aquellos que reúnen ciertas características. Están orgullosos, eso se nota, y a una determinada hora del día los sacan a pasear como si estuvieran presumiendo de ellos. Hacen lo mismo con los vehículos acuáticos que llevan a los lagos y a la costa los fines de semana, porque la gente de acá está acostumbrada a tener bienes y a mostrarlos.

Esa fue una de las cosas que más me llamó la atención. Yo he aprendido a moverme con poco y eso me gusta, es práctico y útil para cambiarse porque cada mudanza se va haciendo más ligera. La lógica indica lo contrario. Uno debería acumular posesiones con el paso del tiempo; es lo normal, es sinónimo de estar bien. Eso fue lo primero que me hicieron notar los vecinos.

Llevaba tres semanas viviendo en la casa cuando un tipo se metió por el patio. Estaba trabajando en el computador; de pronto escuché un ruido, fui a mirar y ahí me lo topé. Me sorprendí, pero supongo que él se sorprendió más de ver a alguien adentro a esa hora. Le dije que se fuera y eso fue todo. Se largó tal como había llegado: de un salto por la muralla.

Avisé por el grupo de WhatsApp de la villa (en realidad no sé por qué lo hice) y en pocos minutos apareció el vecino de al lado. Luego de una rápida revisión concluyó que la razón por la que se habían metido era porque yo no tengo auto. Según él, el tipo no vio ningún vehículo estacionado (en la mayoría de las casas tienen más de uno) y se convenció de que era seguro entrar. Ese mismo día, la señora que vive atrás me dijo que hacía rato quería hablarme sobre algo: el no tener un auto estacionado afuera, pero no se atrevía a mencionarme el tema hasta el intento de asalto; probablemente sintió que eso le daba algún motivo para referirse al asunto. Como solución, el vecino de al lado se ofreció a estacionar uno de sus autos (el que menos ocupa, dijo) afuera de la casa.

Me imagino que desde ese episodio soy conocido como el que no tiene auto, lo que no es menor porque el vehículo lo es todo para ellos. No saben

movilizarse de otra forma, o bien, se rehúsan a aceptar que sí hay otras maneras para hacerlo. Una mañana, cerca de las 7.30, una vecina escribió desesperada que el auto no arrancaba porque tenía un problema con la batería. Ella preguntaba si alguien podría ir a ayudarla de forma urgente ya que tenía que salir y no sabía qué hacer. Quise preguntar en la conversación si no consideró recurrir a otras opciones como un taxi, la bicicleta o el transporte público, pero no lo hice. Desconozco si habrá podido llegar a su destino; espero que lo haya hecho.

Esta forma tan cómoda y privada de desplazarse por la ciudad me ha dificultado conocer más a mis vecinos porque, básicamente, no transitan por la vereda frente a la casa que habito (lo que podría transformarse en una buena instancia para conversar y hacer vida comunitaria). De vez en cuando los veo, pero saliendo de sus casas en auto. Viajan solos en vehículos inmensos donde perfectamente podrían caber seis u ocho personas. Son las mismas personas que luego critican lo congestionada y contaminada que está la ciudad.

A la gente de acá no le gusta lo que viene de afuera de la isla y le interesa mucho hacer notar que el territorio que habitan está separado del resto aunque

sea solo por tres puentes; por lo mismo, tienen una actitud mezquina y poco empática frente a lo foráneo. Reclaman por las personas que instalan carpas a la bajada del puente y preguntan indignados por qué Carabineros no hace nada por desalojarlos. También miran con desconfianza a quien pasa de puerta en puerta pidiendo alguna cosa para comer, porque no logran concebir que alguien no tenga ni siquiera para algo tan básico. Entonces, para ellos resulta sospechoso y escriben “andan mirando casas” en el grupo de WhatsApp con una seguridad que asombra.

Soy una de las últimas personas que agregaron a ese chat que se supone debería servir para compartir datos útiles sobre el sector, pero que se ha convertido en una instancia que fomenta la discriminación y el clasismo hacia quienes no pertenecen a este lugar. Varias veces he estado a punto de salirme, pero soy curioso y decido quedarme solo para leer qué es lo que publican. Gran parte de lo que escribo en este relato proviene de esa instancia de conversación; además, sé bien que no pertenezco acá, que mi presencia en la isla es momentánea y responde solo a algo casi azaroso, por lo mismo me permito mirar todo desde afuera y en ocasiones llego a disfrutar mi rol de observador externo.

A veces me he sorprendido esperando impaciente a la señora fanática de extrema derecha, la que comparte videos de su candidato presidencial sin que nadie se los pida, y lo hace solo porque “necesitamos verlo”, según explica. La misma señora protesta furiosa cuando se corta el puente para los automovilistas debido a la realización de alguna marcha. “Estamos atrapados en esta isla”, escribió la última vez, porque para ella estar atrapada es no poder salir en su auto. Yo participé de esa misma manifestación, pude regresar a pie a la isla sin ningún problema y nunca me sentí atrapado.

Son tres los puentes que sirven para dejar la isla; el que más utilizo es el que conecta con la plaza y con el centro de la ciudad. Me gusta pasar por ahí; atravesarlo es una experiencia que revitaliza, pero que lo obliga a uno a abrigarse, porque el viento frío sopla fuerte por la estructura y muchas veces llega a mover al transeúnte desprevenido. Cruzar el puente es una buena forma de despertar, porque el viento helado da en la cara y el olor a agua siempre es reconfortante. El río es vida, movimiento, siempre hay algo en qué fijarse: las embarcaciones que transitan por él o los lobos marinos que juegan en la orilla.

El puente no es bonito, es una estructura antigua que se mueve notoriamente cuando pasa un vehículo de tamaño considerable. Dependiendo de la actividad cultural que hay en la ciudad, el puente muestra llamativas banderas puestas a su costado que difunden el evento: el festival de cine, la feria de libros, un concurso de fotografía o algún concierto. Las banderas forman parte de la escasa decoración que exhibe el puente. Lo otro son unos pequeños carteles que un grupo de estudiantes universitarias ha pegado en la baranda con mensajes optimistas. Esto se realiza desde hace algunos meses, cuando aumentaron los casos de personas que se lanzan al río. Nadie habla en la isla sobre los suicidas y mis vecinos apenas escriben en el chat “ojalá lo encuentren” cuando se sabe de otra persona que ha decidido saltar al agua.

La gente de esta zona muestra altos índices de depresión; se supone que uno de los motivos es la escasa exposición a la luz solar y vitamina D, si se compara con otras localidades. También deben lidiar con los inconvenientes típicos del Chile de provincia, como el abandono y el aislamiento. Yo vivo en una zona urbana y con buena conexión por tierra, por lo mismo, para conocer de cerca esas realidades tengo que abandonar mi zona de confort, dejar esta isla.

Muchas veces los periodistas escribimos sobre un territorio que no conocemos. Lo hacemos desde la comodidad de nuestras salas de redacción, abrigados en invierno y frescos en los meses más calurosos gracias al aire acondicionado. Idealizamos la soledad del sur y las distancias que deben recorrer los niños para ir a la escuela en el altiplano. Escribir desde provincia siempre es distinto, y uno consigue observar todo con una sensibilidad especial.

Además de la manifestación en la plaza, aquella por la que tuve que cruzar el puente, también participé en otra, pero en un sector costero. Los vecinos de la localidad, en su mayoría familiares de pescadores, se tomaron la plataforma desde donde deben abordar a la barcaza. Reclamaban en contra de la empresa que ofrece el servicio por no cumplir el contrato y por funcionar solo con una embarcación; se sentían abandonados y con problemas de conectividad. Días después viajé a una pequeña localidad rural cerca de la frontera con Argentina. Ahí supe del caso de un hombre que poco antes había presentado síntomas de apendicitis por lo que tuvo que ser trasladado por el lago en una lancha de Carabineros, en un viaje que tarda varias horas. Era la única manera de salvarlo, una imagen cruda y potente del Chile profundo, como se conoce. Cuando supe esa historia pensé en mi vecina que protestaba por no poder salir en su auto y concluí que la sensación de estar atrapado es un concepto bastante relativo.

Acerca del autor

Felipe Sasso

Periodista y escritor chileno nacido en 1986 en San Vicente de Tagua Tagua.

Ha publicado los libros Tierra Larga, 2021 e Insular, 2024; ambos por Ediciones del Gato.

Cuenta con participación en varias antologías y libros compilatorios de cuentos.

El relato publicado pertenece al libro Insular de 2024, Ediciones del Gato.