En los anaqueles del olvido
los libros se asoman al vacío
en la imprecisa geometría
de las palabras.
A duras penas
se cincelan los verbos,
se biselan los nombres,
se malversan los adjetivos.
Los conceptos son galgos que escapan
a través de jaurías de redes
y las hilanderas de lo invisible,
las que disponen los números a pie de página,
giran la rueca, la giran,
y mientras la giran cantan
y se calzan espuelas de oro
−un talón pondera, el otro remacha−.
Al día siguiente desayunan tranquilas
tostadas con mantequilla
y mermelada roja, ácida,
enroscada bajo la tapa
de cualquier alcantarilla.
Es la memoria la que inquiere
sin índice ni portadas,
la que persigue a la luciérnaga,
la que devora la fruta madura,
agusanada.
Si la mano en el pomo de la espada
derrocase a la hoja en blanco,
el beso del laurel en la noche
−ojos de lechuza atávicos−
erigiría un entrechocar de voces.
Pero los pasadizos del miedo
enmudecen las palabras,
la mentira y la verdad
se ovillan como hermanastras.
Como una esfinge muda,
la mañana se bifurca
sin renglones, ágrafa…
Espuma de cadáver exquisito,
putrefacción con retrogusto,
oscuridad de tanino
esferificada en perlas de estulticia.
Rebanadas del pan de cada día
desgastadas como papel de fumar.
Libros que exhalan entre los anaqueles,
ajenos al placer,
solo humo, perezosas volutas
de nada.