LA PLUMA DE EDMUNDO MOURE
978
post-template-default,single,single-post,postid-978,single-format-standard,bridge-core-2.0.1,vcwb,ajax_fade,page_not_loaded,,vertical_menu_enabled,qode-title-hidden,qode_grid_1300,side_area_uncovered_from_content,qode-content-sidebar-responsive,qode-theme-ver-19.0.1,qode-theme-bridge,qode_header_in_grid,wpb-js-composer js-comp-ver-6.0.5,vc_responsive

LA PLUMA DE EDMUNDO MOURE

EL OFICIO DE ESCRITOR

Pese a que la literatura de creación es hoy en día, en nuestra sociedad, una de las artes marginales en cuanto a expectativas de éxito económico y posicionamiento de poder, publicar un libro constituye aspiración de muchos, acción nimbada de raro prestigio. Así, individuos procedentes de diversas ocupaciones o actividades pugnan por editar libros, de preferencia “diarios” o “memorias”; en segunda instancia, poemarios; y, como tercera opción, monografías (les llaman “ensayos”), cuentos o novelas. Bastará que algún cercano les diga: “Perengano, tienes buena pluma, ¿por qué no escribes un libro?” Y ya le tendremos embarcado en la empresa como todo pendolista que se precie.

El caso de Don Francisco es singular, pues contó para pergeñar su obra con la colaboración de uno de los grandes cuentistas chilenos, Alfonso Alcalde, a quien pagó generosamente su labor de “negro” al servicio de su escritura, sacándole de manera temporal del pozo depresivo en que se encontraba, aun cuando no evitase, poco después, el suicidio del escritor.

Con su libro en mano, Don Francisco se inscribió como socio de nuestra querida Sociedad de Escritores de Chile (1987 o 1988; no lo recuerdo bien). Pagó algunos años de cuotas anticipadas, tengo entendido, pero jamás conseguimos de él la colaboración pecuniaria que se esperaba. Siendo yo presidente de la SECH, le solicité ayuda para un proyecto de congreso de escritores. Luego de muchos intentos, logré que atendiera mi llamada telefónica. Me respondió, en tono seco e impersonal, para decirme que le remitiera una carta a su secretaria… Y si te he visto, no me acuerdo… No hubo respuesta.

Y aquí vamos al meollo de la cuestión: ¿Es escritor o escritora quien publica un libro? Es evidente que no; se trata de un sofisma, como afirmar que, si en alguna ocasión participé en un certamen de atletismo aficionado, eso me otorga el rango de atleta. O si preparé una sabrosa cazuela, puedo ser considerado chef. Al respecto, apreciado lector, traigo a colación el título de un breve artículo publicado hace unos meses en el diario El País, de una periodista-escritora (las hay y con propiedad): “En España ya nadie lee, todos están escribiendo”. Y luego, a través de la crónica, comenta y esgrime cifras y datos valederos y alarmantes. Cabría entonces remitirse a Jorge Luis Borges, a quien nadie iba a atreverse a negarle la categoría de Escritor, con mayúscula, cuando afirmaba: “es más difícil encontrar un buen lector que un buen escritor” (él fue un arquetipo de ambas calidades).

No andaba descaminado el autor de El Aleph. Requisito sine qua non para llegar a ser auténtico escritor es haber sido y seguir siendo, conspicuo lector. Sin esta intrínseca dualidad no es posible acceder a un nivel de escritura aceptable. De ahí, hacia arriba, el arduo camino lo definió muy bien Truman Capote: “Cuando me di cuenta de la diferencia que existe entre escribir bien y escribir con arte, estuve a punto de abandonar la literatura”.

Ser escritor es entregarse por completo al amor incondicional por la palabra, haciendo de ello un oficio de vida, puesto que la palabra es, en sí misma, un acto estético (Benedetto Croce), elemento sagrado tanto en la lírica como en la narrativa y en cualquier otro género, aún para transgredir su uso en aras de renovar la expresión, ya que no debemos perder de vista que el lenguaje es siempre dinámico y que las normas académicas son pautas de entendimiento susceptible de ser transgredidas, claro, pero a las que cabe conocer y entender primero, antes de violarlas bajo la grosera impunidad de la ignorancia.

Quizá en la actualidad este asunto de las categorías estéticas se encuentre en un grado de enorme confusión, producto de la facilidad de acceso a los recursos expresivos. Es corriente escuchar a personas que te dicen: “Mire, yo soy muy sensible y he sufrido tanto que tengo pasta de poeta… La gente me dice que debiera escribir”. Y te lo plantean esperando tu aquiescencia y consejos para concretar aquel impulso inexorable. Cómo explicarles que no es asunto de sensibilidad ni de sufrimiento ni de trances desbocados, sino de rigor estético, de lenta y arraigada disciplina, de sudor más que de musas o inspiración, de trabajo amoroso y a menudo de desgarramiento interior; que incluso no basta con lo que entendemos por talento, esa predisposición o facilidad con el lenguaje (la música, el color, la textura, las formas), también necesaria para obtener algún resultado válido, estéticamente hablando.

-Bueno, vale… Pero, ¿se considera usted entonces un auténtico escritor?

-De eso tendrán que opinar los lectores o el fantasma de la posteridad. Por ahora, como el admirado vate de la Rúa dos Douradores, en Lisboa, seguiré firmando mis textos como Escriba y Tenedor de Libros (aunque sea con mayúsculas).

 

RUTINA y POESÍA

Es antigua esta rutina, algo menos vieja que yo; ha cumplido cincuenta y nueve años en marzo recién pasado y, por lo que veo, aún no vislumbro fecha de término. Su metáfora es un sendero que se empezó a recorrer ha mucho, en un negocio de ferretería, al sur de Santiago de Chile, allá por 1959, emprendimiento iniciado por mi padre gallego, que no llegaría a buen puerto. Desde entonces, hasta hoy, cuando cargo 78 febreros, el gallo del alba me despierta entre las seis y las siete de la mañana, sin otro reloj que ese plumífero de casaquinta ubicada en la acera oriental de calle Hamburgo, comuna de Ñuñoa.

Mientras camino por esta usanza imperativa, recuerdo una sobremesa remota, allá, en nuestra casona de La Cisterna, cuando mi padre, sus hermanos Manuel y José y algunos amigos comensales, hablaban sobre el controvertido tema del trabajo… En una breve pausa de los  contertulios, dije: -“El trabajo honra y dignifica”. Todos rieron, menos mi padre, que me proporcionó un coscorrón con su pesada mano campesina… -¿Por qué me pega?, le inquirí, desconcertado. –Por huevón –me dijo, ya te enterarás más tarde de la tontería que has dicho.

Ahora lo entiendo, paciente y laborioso lector. Aunque no puedo dejar de agradecer al ejercicio disciplinado de la rutina ciertos beneficios aleatorios que he recibido a lo largo de los años, más bien fruto del uso (y abuso) constante de momentos hurtados al trabajo pecuniario, para dedicarlos a esa pasión que no me abandona: la literatura. Desde la época en que me desempeñé como dependiente, cuando escondía bajo el mesón algún libro o cuaderno de anotaciones donde pergeñaba mis primeros poemas (yo creía entonces que lo eran), esperando las críticas de circunstancia de don Alfredo Piola o de Tomás Lefever Chaterton, músico y cliente de la ferretería.

Un miércoles de primavera, Tomás Lefever entró en el local y me dijo: -Joven poeta, le invito para el sábado venidero a Isla Negra; viajaremos en camioneta, con un grupo de compañeros, para visitar a nuestro gran Pablo y compartir un asado con él…

Era una invitación extraordinaria, emocionante. Esos tres días fueron para mí larguísimos, llenos del desasosiego propio de un novato a quien le abriesen de súbito las puertas del Parnaso… Lucubré dos preguntas inteligentes para planteárselas a Neruda. Como novel promesa de las letras nacionales, me correspondía hacerlo.

Luego de un viaje de más de cuatro horas, arribamos a la bella y estrafalaria casa bajo los pinos de la costa. Había un nutrido grupo de huéspedes, entre los que figuraban: Diego Muñoz, Homero Arce, Raúl Mellado y Mario Ferrero (esto lo supe mucho después, por boca de Lefever), pues en aquel instante solo tenía yo ojos para el inmenso Pablo. Logré ubicarme a su vera y le lancé mi primera pregunta… No recuerdo ahora su contenido, pero algo como esto: -¿Qué opina usted del influjo del surrealismo, a la vera de André Breton, en la poesía chilena de la Generación del  38?

El poeta me escrutó, hablándome desde la cima de su doble corpulencia, literaria y física, para responderme, con voz gangosa y cascada: -“Mire, joven, nos hemos reunido aquí con un grupo de buenos amigos para compartir un asado y no para hablar huevadas”…

Me hubiese enterrado allí mismo. No fui entonces capaz de reponerme ante lo que para mí era un grosero exabrupto. Una década más tarde iba a entenderlo. Así era Pablo Neruda, un genio torrencial del lenguaje, un vate dionisiaco, siempre enamorado de los placeres vitales, ajeno a todo academicismo intelectualizado; lo opuesto a Borges, si se quiere. No recuerdo detalles del regreso a casa, pero sí tengo memoria de haber destruido mi cuaderno de creaciones inéditas, bajo el despecho de la derrota.

Vuelvo a la rutina, como un modesto Pessoa chileno (me perdone el maestro lisboeta), sumergiéndome en libros y papeles contables… Ahora que mi jefe no me observa, escribo esta crónica que fue esbozada en la caminata matutina hasta mi despacho.

Llevo tanto tiempo cuidando mi trabajo, caro lector, que esta precaución se ha vuelto hábito arraigado e inconsciente, como los movimientos que hace el pastor para conducir, cada día, su piño a la majada. Es la huella indeleble de la rutina, aunque ella tenga sorpresas y sobresaltos, como la anécdota con Pablo; como el regalo de hace dos años, cuando apareció mi editor, Gonzalo Contreras, con el primer volumen empastado de mis Memorias Transeúntes… He aquí honra y dignificación, después de todo.

(Todavía siento sobre la oreja el ardor producido por el coscorrón de mi padre).

-Ánimo, nunca flaquees, caminante.

 

LEER

¿Acaso en las voces a las que prestamos oído no resuena el eco de otras voces que dejaron de sonar?

Walter Benjamin

Hace treinta años, en el salón de actos de la Sociedad de Escritores de Chile, recibíamos la visita de Mario Vargas Llosa. Era un huésped dilecto, esperado en medio de esa larga noche de piedra en que vivía o reptaba la patria sojuzgada. Recordábamos al eximio novelista, sobre todo, por la Ciudad y los perros, quizá porque los canes rabiosos, con sus metálicos collares de puntas aceradas, se habían adueñado de la noche santiaguina, y era peligroso salir a sus rúas grises después del toque de queda; un riesgo de veras mortal que parecía revivir en las páginas magistrales de la novela. El gran escriba peruano aún no había comenzado su coqueteo con la derecha, siguiendo atávicas inclinaciones de clase, asunto que suele afectar a ciertos pares que, al revés de un Huidobro o de un Edwards Bello, son incapaces de romper la vieja servidumbre, pese al talento recibido.

Para procurar la dignidad material de aquel encuentro, habíamos hecho una colecta entre los socios de la SECH, pues, como ustedes saben, la dictadura suspendió, en 1978, la subvención que favorecía al gremio, por ley, para mantener la Casa del Escritor, y eran habituales los cortes de suministros básicos por cuentas impagas… Pero aquel día parecíamos felices y hasta un vino de honor habíamos amañado para el cálido cierre de la ceremonia.

El salón estaba abarrotado. Quedé junto a Oreste Plath y a Matilde Ladrón de Guevara, en cercanía extrema que hoy pudiera considerarse promiscua; tal era la aglomeración expectante que provocaba el famosísimo sudamericano del boom. Todos se apiñaban para admirarle, en especial la clientela femenina… Apareció delante del maestro Oreste una mujer atractiva, treintañera, como regurgitada por el involuntario roce de muchos cuerpos que buscaban espacio. Miró a nuestro folclorólogo, lo saludó con un sonoro beso, preguntándole:

-¿Usted escribe?  -Sí- le respondió Oreste, -y también leo.

A estas alturas me asiste la duda de cuál de estos dos oficios, el de escritor o el de lector, es más difícil y necesario… A punto estoy de inclinarme por el segundo, puesto que sin lectores no serían posibles los escribas; en cambio, la lectura es un acto inevitable de interpretación del mundo, sea para entenderlo en los ámbitos de la realidad que podemos aprehender o para imaginarlo según nuestros sueños y anhelos, siempre deletreándolo en palabras, pues sin éstas no somos seres humanos, sino apenas simios titubeantes.

Si en toda una larga vida de siete décadas no se llega a dominar el oficio de escribir, tampoco se adviene a un completo dominio de la lectura… Cada día que pasa cuesta un poco más leer, y no me refiero a la amenaza, inminente y terrible, de ir perdiendo facultades intelectivas, sino al desafío colosal de comprender a cabalidad lo leído, más allá de las interpretaciones de texto al uso. Es mayor a esto el reto de las palabras, pues detrás de ellas hay varios mundos significantes que se combinan y superponen en infinitas posibilidades de entrelazamiento y sentido. Es por ello que al esfuerzo de la lectura se suma la desazón o la angustia de extraviar, en brazos de la fruición del lenguaje, otros significados o destellos que nunca saborearemos con el deleite insaciable del auténtico sibarita de las palabras.

¿Usted escribe? Y también leo, ha respondido Oreste Plath, y quizá su respuesta fue más que una simple ironía para aquella desavisada joven que buscaba, en el caso del ilustre huésped Vargas Llosa, al posible galán maduro y no al escritor avezado que tal vez no había leído. Porque el maestro Plath sí estaba enterado, tal como Borges y Flaubert, de la ardua e imposible proeza que aguarda al lector, atrapándolo en sus redes: hacer suyo lo leído.

Este reto lo apreciamos mejor en las necesarias relecturas, cuando nos enfrentamos, después de largo tiempo, a un texto que leímos, descubriendo en él otras voces, nuevas sugerencias y distintas interpretaciones. Me ocurrió con La Montaña Mágica, de Thomas Mann, que leí por primera vez a los dieciocho años. Dos décadas más tarde, me pareció otro libro, cuya impresión remota sentí desvaírse en el tiempo. Por el contrario, cuando releí Carta al Greco, de Kazantzakis, experimenté mayor conmoción y encantamiento que en la lectura original, como si recibiera el regalo de nuevas revelaciones.

¿Cuántas lecturas serán precisas para el definitivo abrazo, para que el texto, al sentirse leído como una doncellas desflorada, nos lea a nosotros y nos desnude, página a página?

No tengo la respuesta y es probable que nadie la tenga… Ahora, cuando alguien me pregunte si sé leer, le responderé que estoy aún en vías de aprendizaje.

 

 

 

ACERCA DEL AUTOR

 

 

Edmundo Rafael Moure Rojas nació en Santiago de Chile, el 4 de febrero de 1941. Hijo de padre gallego y de madre chilena.

1985 hasta hoy Director Cultural de Lar Gallego de Chile;

1985-1991 Director y productor de programas radiales de difusión cultural, en Radio Sudamérica y en Radio Universidad de Chile: “Todas las Españas”, “Confines de Hispanoamérica”, “Vieiros de Galicia” y “La Veu de Catalunya”;

1988-1989 Presidente de la Sociedad de Escritores de Chile;

1988-1989      Socio fundador de “Ediciones Logos”;

2001 a hoy Socio fundador de “Ediciones Nueva Galicia”;

2014: Presidente Corporación Cultural “Nueva Galicia”.

Algunas de sus publicaciones en Chile:

Ciudad Crepuscular”, poesía, 1981;

Más Allá del Pan”, poesía, 1982;

Instantáneas”, poesía, 1983;

Tres Veces Siete”, cuento, 1984;

La Voz de la Casa”, novela, 1985, 1994, 2000;

Rebeca”, poesía, 1986;

Antología de la Poesía Contemporánea Chilena”, Editorial Andrés Bello, 1987.

Gente de la Tierra”, relatos, 1987,2000;

Entresiglos y Quimeras”, poesía, 1994;

Cuentos y Poemas del Mundo Minero”, cuento, 1997.

“Palabras de Sur a Norte”, crónicas, noviembre 2004.

“La Ciudad de El Rey Don Felipe”; compilación y traducción, noviembre 2014.

“Memorias Transeúntes”, memorias vitales y literarias, junio 2017.

“Chacra El Olivo”, relatos de familia; septiembre 2018.

“Diario de Compostela”, crónicas de viaje; julio 2019.